Si la materia
de las leyendas incluye, en la mayoría de los casos, un alto contenido en ficción.
Si sus puertas siempre están abiertas a nuevas aportaciones que las transforman
a la vez que prolongan su vigencia. Si además, como una de las posibles
alternativas a la historia oficial, una leyenda goza del privilegio de que sus
narradores no tengan la obligación de documentarse ni demostrar la veracidad de
nada de lo que cuentan. Entonces, con todos estos datos sobre la mesa, no deberíamos
tener ningun reparo en considerarlas uno de los mejores abonos y fuentes de
inspiración que un creador de cómics pueda utilizar como base para dejar libre
su imaginación. Durante décadas las historietas basadas en mitos y leyendas se
han prodigado llevando hasta las viñetas a personajes variopintos de múltiples
procedencias, desde los héroes ancestros de Escandinavia a los carácteres más
pintorescos e indocumentados del recurrido Oeste americano. No sería de extrañar
que entre tantas posibilidades, al aficionado le visitase la tentación de
pensar en cuales merecerían ser consideradas las obras maestras del género. Tal
objetivo motivaría forzósamente opiniones dispares y mayoritáriamente
respetables. En mi caso optaría con absoluta convicción por El Príncipe
Valiente de Harold Foster.
Mi encuentro
con Valiente tuvo lugar al iniciarse la década de los setenta. Todavía no he
olvidado la impresión que me causaron aquellos fascículos de gran tamaño de la
edición española de Buru Lan. La portada de la primera entrega es uno de los
primeros casos de seducción visual que recuerdo haber experimentado en mi vida,
y mientras escribo este texto la memoria me retorna al día que llevé algunos
ejemplares al colegio para enseñarlos a los amigos, y el profesor de arte,
tomando uno de ellos en sus manos y observándolo con admiración, dijo que cada
una de aquellas viñetas dibujadas por Foster merecería estar en un museo junto
a las grandes obras de la pintura. Creo que no iba desencaminado. Ya son muchos
los ilustradores, creadores gráficos e incluso grafiteros que con el paso del
tiempo han merecido que críticos y expertos les faciliten un puesto en el
Olimpo de los grandes artistas. Harold Foster obtuvo ese reconocimiento antes
de su muerte en 1982, llegándole en vida importantes premios y distinciones
motivados en cierta medida por la dedicación de toda una vida a la historieta y
la ilustración, pero principalmente por El Príncipe Valiente, su más grande
creación. La serie, iniciada en 1937 (anteriormente Foster había sido el
primero en adaptar las historias de Tarzán al lenguaje del cómic) mostraba las
aventuras del joven príncipe heredero de un rey vikingo en el exilio, un
preadolescente intrépido y curioso cuyas andanzas terminarían poniéndole al
servicio del Rey Arturo como caballero de la Tabla Redonda. Hay
que pensar que para ubicar a su recien creado héroe en la ciudad de Camelot y
convertirle en compañero de viaje de sus más conocidos cabellors andantes,
Foster debió impregnarse de la llamada Materia de Bretaña, esa compilación
dispersa pero voluminosa de textos referentes a las leyendas artúricas. Eso, en
cierta medida, convertiría a la serie en una obra culta, aunque en ningún caso
debe dejarse de lado el hecho de que la gran imaginación del dibujante planteó
en la mayoría de los casos episodios que no encontraríamos en esas fuentes.
Desde que
siendo todavía un niño una hechicera le anunció su destino en la desolada zona
pantanosa del norte de Gran Bretaña en la que su padre había fijado su exilio,
a las proezas como caballero andante después de una breve etapa como escudero
de Sir Gawain, Valiente siempre mostró las características propias de un
personaje cuyo perfil estaba trazado de antemano, pensado y muy bien diseñado.
Era intrépido en la lucha (siempre ayudado por la llamada “Espada Cantante”,
clara variación de la conocida “Excalibur” de Arturo), inteligente a la hora de
tomar decisiones que a veces traspasaban las funciones del guerrero para
abordar las del estadista, cortés en el amor (como sugerirían las fuentes
trovadorescas en las que seguramente debió basarse Foster) y humano, tanto en
sus retiros para relacionarse a solas con la naturaleza como a la hora de crear
una familia y un sucesor. Su hijo Arn fue la presencia que la serie necesitó para
alargase en forma de saga hasta nuestros días. Estamos pues ante un serie de
grandes dimensiones, entregas que se alargan en el tiempo dejando fácilmente
espacio a múltiples ambientaciones y ubicaciones de las vivencias del
protagonista. En un contexto así, no debió resultar dificil que gran parte de
los escenarios más conocidos del periodo ubicable entre el fin del imperio
romano y los primeros latidos de la Edad
Media sirviesen de decorado a las aventuras de Valiente. Sus
viajes le llevaron a relacionarse con romanos, tártaros, bárbaros y un sin fin
de seres de múltiples procedencias, pero también se enfrentó a gigantes, ogros,
brujos y una amplia representación de la gama de carácteres inseparables a la
superstición medieval. Merlín, rey de magos, fue su amigo y cómplice. La magia,
aunque en brotes comparables a salpicaduras casi imperceptibles, fue también
pasando por la serie a lo largo de su extenso recorrido.
Entre el
variadísimo catálogo de héroes y superhéroes del cómic norteamericano de los
años treinta, El Príncipe Valiente destacó de forma importante por la
singularidad de su protagonista. En aquellos años en que los titanes
justicieros dejaban que sus notables musculaturas se hiciesen evidentes a
través de trajes espaciales, ajustadas mallas o bizarros taparrabos, Valiente
lució cota de mallas y una indumentaria que en el centro del pecho mostraba
orgullosa el escudo de armas de su familia. No era rubio, ni siquiera tan
musculoso como los personajes contemporáneos a él, y en muchos de los planos
dibujados por Foster llegó a mostrar el aspecto de un efebo no desprovisto de
cierta feminidad en sus gestos y expresiones. Fue, más que un dios en el
sentido clásico comos sería el caso de
Flash Gordon, un caballero andante en cuya concepción visual no se dejó de
lado algo de la ambigüedad del arte manierista e incluso un cierto toque prerrafaelita.
Sin duda, estas características le hicieron enormemente único y totalmente
incomparable a sus compañeros de generación. Se ha escrito mucho sobre el papel
del cómic americano de los años treinta como vehículo propagandístico para
animar y dar confianza a la población ante la grave crisis motivada por el
crack de 1929. Si una parte nada desdeñable de la producción cinematográfica de
Hollywood durante aquellos años fue claramente creada para cumplir esa función,
nada tiene de extraño pensar que lo mismo pudo haber sucedido con el cómic.
Valiente formó parte de ese generación de héroes de la era depresión. Su refinamiento respecto a otros personajes le
convirtió en la pieza imposible de encajar en un rompecabezas formado de múltiples
ficciones destinadas a mantener el orden y el bien socialmente aceptable. Él se
limitó a pasar sus días en una época remota, una Edad Media oscura durante la
cual el mundo dificilmente podía imaginar cómo serían las crisis modernas, la Guerra Fría o el pánico
nuclear. La vieja magia del Mago Merlín nunca llegó a la sofisticación de mutar
humanos en superhéroes y Valiente tuvo que conformarse con no poder volar como
la mayoría de sus contemporáneos en las viñetas. Fue un héroe de tinta y papel que pudo
presumir de estar cercano a lo llanamente humano, y puede que parte de su
humanidad viniese dada por el hecho de que su creador nos permitió conocer su
evolución desde que era prácticamente un niño, algo poco frecuente en los
cómics.
Harold
Foster zambulló a su personaje en un mundo de leyenda, remoto y tan poco
documentado que sus posibilidades como contexto donde desarrollar la ficción
serían casi infinitas. Había nacido en Canadá y a principios de los años veinte
viajó hasta Chicago en bicicleta para iniciar su trayectoria como artista.
Debió ser un viaje de pleno contacto con la naturaleza en el que la
magnificencia de los paisajes y la amplitud de los horizontes no pudieron pasar
desapercibidos al ciclista. Un trayecto duro y fatigoso, casi tanto como las
inacabables correrías que su principal personaje hizo a caballo por toda la
tierra que podía acoger el mundo conocido de su tiempo. La admiración por la
naturaleza y su condición de escenografía
por excelencia nunca dejaría de estar latente
en las viñetas de El Príncipe Valiente.
















